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Padam, padam
2006/07/14

El 15 de Septiembre de 2004 presentó Bernardo Atxaga la edición en español de Soinujolearen semea: El hijo del Acordeonista. Tuvieron la deferencia de invitarme a sumarme a la presentación tanto el escritor como su agente Alejandro Zugaza, no tanto en mi condición de director de KOLDO MITXELENA Kulturunea como de simple lector. En alguna ocasión me han pedido el texto que, ahora que es verano y uno esta abúlico, lo pongo a vuestra disposición. Tiene cierta importancia recordar el ambiente "literario" y político de la época para entender el contexto de algunas consideraciones...

La inocencia, la memoria

Buenas tardes, bienvenidos todos: nos une hoy un grato acontecimiento, vamos a tener el placer de poder escuchar y conversar con el autor de El hijo del acordeonista Soinujolearen semea- aquí, en KOLDO MITXELENA Kulturunea, en Donostia.

Está con nosotros Joseba Irazu.

Debo a su generosidad el que me encuentre acompañándole durante esta tarde. Acto que agradezco de verdad, pues lo voy a aprovechar para explayarme un momento.

Voy a hablar de dos modos, dos prismas o coordenadas de relatar –la inocencia y la memoria- que en la lectura de las versiones de Soinujolearen semea, El hijo del acordeonista- me parecen dignas de mención. Me refiero a la inocencia y la memoria del escritor a la hora de enfrentarse a escribir.

Estoy en que no es una casualidad el que estos dos principios sean tan significativos en esta obra, creo, más bien, que la biografía del escritor señala hitos en los que la dialéctica inocencia-memoria se ha ido nutriendo y manifestado. Fundamentalmente gracias a la versatilidad, a los lugares, caminos y vías emprendidos en su vida, a su formación y a sus diversas escrituras.

Asteasu - Andoain como lugar de nacimiento y pervivencia el primero, se ve enfrente del segundo, donde cambios sociológicos y urbanísticos se producirán antes.

Bilbao, ciudad, con la dureza de lo urbano de mediados de los 70, estudios universitarios de Ciencias Económicas. Aresti, aproximación a la modernidad, al experimento, al grupo, la renovación literaria: Ziutateaz, Etiopía el poemario.

Barcelona, estudios universitarios de Letras completarán su formación.
La opción por la literatura infantil y juvenil: Bambulo, Shola, Jimmy Pottolo, Nikolasa.

Me atrevo a mencionar Pello Errotaren bizitza bere alabak kontatua y, quizás, desde ahí, en mi modesta opinión, las dos vías de creación literaria:

Uno el eje Bi anai, Obabakoak, Memorias de una vaca, más próximo a la inocencia.

Y Otro el de El hombre solo o Esos cielos, más cerca de la memoria.

¿Qué pretendo distinguir con ambos términos?

Pues bien, Ungaretti, el poeta italiano, recuerda Luis Muñoz en la introducción de su traducción del Cuaderno del Viejo, consideraba que la poesía se rige, y toda narrativa esconde una poética, en torno al enfrentamiento “inocencia/ memoria”.

Y las define así:

Inocencia / memoria es lenguaje primitivo, originario frente a memoria histórica. Es funcionamiento mágico de la palabra frente a funcionamiento lógico, indagación en lo oscuro frente a conocimiento previo, emoción frente a literatura, pasión frente a construcción. Inocencia es, dice Ungaretti, canto religioso, oración, luz naciente. Memoria es juego de reflejos, profundidad, oscuridad en la que acaba encerrándose el hombre.

Y este juego entre la inocencia y la memoria podrá ser fecundo, esclarecedor y vivificante o castrador, oscuro y destructor.

Bien, me atrevo a dar fe, como lector, de que una de las claves del éxito de esta novela se debe al perfecto equilibrio, a la tensión constante que se da entre ambos principios a lo largo de todas las narraciones.

Ahora bien, no crean que inocencia sea igual a candidez o memoria lo mismo que historia.

Sí puede haber personas que, por alguna razón muy personal, no quieran tener en cuenta esa relación, esa dialéctica de estilos y modos complementarios. Así, se les puede ocurrir detenerse en detalles nimios de la inocencia de la que el escritor ha hecho gala, o, por el contrario, pueden hasta querer exigir que la narración se convierta en un ensayo de psicología social o de politología. Y se equivocan. La narrativa habla de la vida, la embellece o la envilece, y las ciencias quieren interpretar la realidad.

La narrativa habla de la vida y El hijo del acordeonista así lo hace:
El despertar, aunque sea contaminado por la violencia; el deseo de ser en los otros, la pérdida del paraíso, la búsqueda de un nuevo edén; y la muerte con sus pequeño testamentos y resurrecciones son, en mi parecer, los temas claves de la madeja de narraciones contenidas en este libro.

Y desde la memoria y la inocencia hablarán las palabras. Las palabras serán mágicas y evocadoras, como lo serán las mariposas y los caballos; dibujarán personajes, provocarán situaciones, acontecimientos y sentimientos, removerán interiores. Ellas, las palabras, hilvanarán riachuelos que confluirán en ríos que desembocarán en distintos mares. Y así, por ejemplo, aquel escenario de Obaba de Bi anai o de Joxe Francisco se dulcificará, porque habremos aprendido que para encaminarse hacia la verdad y el amor hay que desarraigarse, marcharse y alejarse de casa, desprenderse de cualquier vínculo inmediato y de cualquier religión de origen...

Que nadie se quede, en consecuencia, con la idea de que esta es, exclusivamente, una novela de ámbito local, de los vasquitos y neskitas de los 60-70, de nosotros. También lo es, la prueba esta en el magnífico retrato atrapado de nuestra generación. Con orgullo y vergüenza, nos encontramos elevados a categoría universal, a protagonistas desnudos de lo que vivimos entonces, observados y degustados por hombres y mujeres, muy pronto, de gran parte del mundo.

Nos parece imposible que para nuestros hijos sea ya irrevocable y desconocido pasado lo que para nosotros sigue siendo arduo presente. Todos, en este sentido, somos víctimas y culpables de incomprensión.

Esta máxima de Claudio Magris recoge otra aspiración colmada por la narración: superar las distancias, apuntar el inconsciente, sugerir las razones que nos impulsaron a tomar decisiones, reconocer las traiciones y recuperar los olvidos - en este sentido la valentía y el amor del retrato de Lubis son dignos de encomio -; y, con la nostalgia y melancolía de cada cual, aceptar que ya destruimos el viejo mundo.

No hay como estos principios poéticos que impregnan al Hijo del acordeonista para perdonarse uno mismo, dulcificar la vida y aprender a morir.

En fin, qué más decirles, sólo invitarles a vivir estas sensaciones personales que les he esbozado haciéndolas suyas, a dejarse llevar por una historia literaria magníficamente contada que emociona, desgarra e interpela. No se la pierdan.

He leído las dos versiones, en euskera y castellano, y fíjense lo que son las lenguas y los sentimientos que acarrean. Siento, en la versión castellana, una mayor desnudez, como si pudiéramos ser objeto de observación, como si estuviéramos en flancos de miras dispares y desconocidos, mientras que la versión en euskera me supone una mirada casi única de introspección. Comprendo más las dificultades para verter a otra lengua los significados de una creación como Soinujolearen semea y cavilo y me pregunto si no tendría razón Edward Said cuando afirmaba que “naciones son narraciones”.

Nada más. Joseba, en la novela, manifiesta que él no es un hombre de confidencias personales, no es de hablar de tú a tú, que se explaya mejor ante grupos. Aprovechen Uds., en consecuencia, déjenle hablar, yo el primero, y pregunten, gracias.

Propuesta de banda sonora para Soinujolearen semea.

 
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